El valor de un par de zapatos

El pasado mes de agosto viví por primera vez unas vacaciones diferentes. A través del curso Norte-Sur, organizado por la Delegación Diocesana de Misiones, que comencé en octubre del año pasado, me adentré en una serie de conceptos e ideas (globalización, desarrollo, pobres, fe…) desde un punto de vista experiencial para mí hasta el momento desconocido.

Fue tal la motivación hallada durante el curso que poco a poco se fueron gestando en mí las ganas de compartir lo aprendido con personas de otro lugar del mundo, en mi caso, en la ciudad de Santa Rosa, en la provincia del Oro (Ecuador), donde pasé el mes de agosto, acompañando al grupo de jóvenes de la parroquia así como visitando otros grupos de jóvenes de las comunidades rurales.

Toda una aventura. Nada más llegar se contagió en mí la alegría y vitalidad que derrocha el país. La buena acogida y amabilidad de la gente facilitaron que me integrara enseguida sin mayor problema. Así, me fueron abriendo poco a poco las puertas de sus vidas, mucho más sencillas que las nuestras en lo material, pero al mismo tiempo mucho más ricas y cargadas de simbolismo en lo espiritual.

También pude participar en algunos de los muchos compromisos que la parroquia mantiene, con su humilde entorno. La evaluación de la misión de la zona frontera, el encuentro de catequistas de la provincia del Oro ó las becas que se conceden a niños para la compra de zapatos y material escolar fueron algunos de ellos. Con estos últimos pasé una tarde inolvidable, yendo de compras por la ciudad, y gracias a ellos comprendí el valor que puede tener algo tan sencillo a priori, como son uno de los numerosos pares de zapatos que nosotros acumulamos aquí.

Por todas estas experiencias y por haber tenido la suerte de revivir y vivenciar una fe con los pobres, por los pobres y para los pobres, que sin duda, tienen mucho que enseñarnos, solo puedo decir MILA ESKER, a todos los que hacen posibles estas experiencias, comprometiendo su vida para tratar de mejorar las condiciones de vida, en algunos rincones olvidados del planeta, teniendo como único y exclusivo motor el sueño, el mensaje y el ejemplo de Jesús.

Trinidad Díaz

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